domingo, 14 de octubre de 2012

El mundo de ayer. Memorias de un europeo. 9 de octubre. Achtung!

Hugo von Hofmannsthal, Rainer Maria Rilke, Theodor Herzl, Rudolf Steiner, Emile Verhaeren, Auguste Rodin, Luigi Pirandello, Romain Rollande, James Joyce, Walther Rathenau, Maxim Gorki, Benedetto Croce, Paul Valéry, Thomas Mann, Richard Strauss, Béla Bartók, Richard Wagner, André Gide, Bernard Shaw, H. G. Wells y Sigmund Freud, entre otros, tienen un punto en común. Todos estos ilustres conocieron y entablaron amistad con el escritor austríaco Stefan Zweig.

En El Mundo de Ayer. Memorias de un europeo, Zweig realiza una riquísima descripción desde la Europa de finales del s. XIX hasta la declaración de guerra de Reino Unido a Hitler. Lejos de parecer un libro oneroso, esta obra tiene la gran virtud de tratar temas no tan lejanos como uno puede pensar. Desde el capítulo “Más alla de Europa”, los inevitables cataclismos que mostrarían las peores facetas del ser humano van cerniéndose a buen ritmo. Un pequeño temor se va instalando durante la lectura. Se tratan de unas sencillas memorias, pero una espesura va apoderándose de las páginas. El lector toma conciencia de la gravedad de la situación aunque no haya vivido en esa época y al levantar la vista hacia arriba clavando los ojos en un punto fijo sin importancia y con el libro aún entre sus manos, es víctima de una angustia real, pues todo lo que cuenta Zweig puede ocurrir de nuevo ahora. No mañana ni pasado mañana, sino ahora, en la Europa que creíamos haber superado todas esas lacras.

Desde el prefacio podemos hacernos una pequeña idea de la personalidad de Zweig. Uno de los calificativos que podría utilizarse sería el de culto. Parece una obviedad relacionar la cultura y la instrucción a un escritor. Léanse el primer párrafo y lo entenderán sin que una deba añadir más explicaciones. Estamos ante las memorias de un Auténtico Escritor, lo que nos asegurará su altísima calidad.

Sin perder la sinceridad ni la humildad, Zweig decide abrirse para rescatar del olvido las penurias provocadas por las dos grandes Guerras Mundiales al ciudadano de a pie y entre la más absoluta confusión. La idiosincrasia de la época queda recopilada también en sus memorias. De este modo entendemos con pasmosa facilidad la transición de una sociedad constreñida en una moral de lo más hipócrita a una de mayor tolerancia, nacida de la auténtica libertad, y su posterior pérdida y parcial recuperación.

Un descubrimiento grato de estas memorias es la gran importancia que se da a la cultura, de la cual deriva la hermandad entre los intelectuales europeos en su lucha contra el nacionalsocialismo. No eran muchos, pues las circunstancias consiguieron amedrentar a la gran mayoría. Era una época difícil. El miedo imperaba y la libertad de expresión pasó a ser lo que hoy en día se dice una ‘leyenda urbana’. El exilio era una  solución digna, la única que permitía conservar y ejercer dicha libertad en medio de una fraternidad frágil.

- Me voy al extranjero – dijo (Rainer Maria Rilke) –. ¡Ojalá todo el mundo pudiera irse al extranjero! La guerra es siempre una prisión.
Y se fue. Y yo volvía a estar solo.

Si  Zweig era un hombre culto, su discurso no iba a ser menos. El discurso de Zweig es exquisito y, a su vez, placentero. La obra está tan bien escrita que podemos percibir el gran esfuerzo que hizo por legar a las generaciones venideras un testimonio sólido y sincero, además de su pulcritud y perfeccionismo. La continua defensa de la libertad individual no hace más que acrecentar su noble alma de escritor; un escritor que no tuvo miedo de decir la verdad y creyó firmemente en el poder de la cultura como motor del cambio.


lunes, 27 de agosto de 2012

El Gran Gatsby, 21 de agosto. Achtung!


- “Dicen que es un contrabandista”.
- “Yo he oído que mató a un hombre que resultó ser el sobrino de Von Hindenburg”.

Cuchichean sobre Jay Gatsby, el anfitrión de la famosa y ostentosa fiesta veraniega. ¿No tienes invitación? Da igual porque la mayoría de los asistentes no la tienen y seguro que éstos forman parte del puñado de invitados que acude sin vergüenza alguna. Al menos no vienen con las manos vacías pues traen consigo un buen hatajo de cotilleos bajo sus fracs y vestidos relucientes, muy a la moda de los años 20. En sus finas copas llenas de champán juegan a adivinar el pasado de Gatsby pero nadie es capaz de acertar en la diana.

F. Scott Fitzgerald (el autor de la obra) introduce los detalles de la vida de Jay Gatsby a través de Nick Carraway, vecino del susodicho. A diferencia del resto, Nick sí recibió una invitación para su primera superfiesta con la firma del anfitrión. Además es un buen observador, característica importante para una obra con un narrador en tercera persona. Capta los detalles con bastante sensibilidad y utiliza un vocabulario rico que en ciertas ocasiones linda con el discurso poético. La vida de Gatsby no es de su incumbencia pero empezará a formar parte de ella al enterarse de que su prima Daisy y el misterioso vecino se conocen.

El Gran Gatsby podría haber sido la historia de un hombre joven que ha rehecho su vida después de combatir en la I Guerra Mundial, aunque puede que el título ya no hubiese sido El Gran Gatsby, sino otro completamente distinto. Los invitados aseveran que no le faltan recursos; no hay más que ver el continuo despilfarro y su pudiente estilo de vida. En realidad desconocen que dentro de ese halo misterioso se halla un hombre con una determinación impertérrita. Entre los continuos chismorreos, la música a todo volumen hasta las tantas y el alcohol corriendo en vena, Nick es el principal confidente del único objetivo de Gatsby: recuperar a Daisy. Ah, que por cierto está casada con Tom Buchanan y, quien a su vez tiene como amante a Myrtle Wilson, la mujer del mecánico. Love is in the air y para Nick también, que se enamorará de Jordan Baker, una íntima amiga de Daisy.

Es lógico que tantos cotilleos entretengan a los invitados, que volverán contentos y borrachos a sus casas sin haber obtenido ningún detalle veraz de la vida de Gatsby. Tampoco hace falta lamentarse, queridos, pues un acontecimiento relevante para los protagonistas tendrá todas las papeletas para avivar de nuevo los chismorreos en el barrio de West Egg.
- “Huy, ¿pero estás segura?”
- “Que sí, mujer. Eso es lo que dicen por ahí”.


http://www.achtungmag.com/scottfitzgerald-elgrangatsby-libros-literatura-revista-achtung/

domingo, 8 de julio de 2012

La insoportable levedad del ser, 3 de julio. Achtung!

Es muss sein!” (tiene que ser) escribió bajo el pentagrama Beethoven en el Cuarteto de Cuerdas nº16 en Fa mayor op.135 en la última parte conocida como “La decisión difícil”. El escritor checo Milan Kundera saca de esta pieza el leitmotiv de  La insoportable levedad del ser, donde presenta la extendida costumbre del ser humano en justificar cada happening que se escapa de su raciocinio. Es la lógica del destino. Es El Destino, nos decimos. Y tan mayestático y simple como suena, abandonamos nuestra voluntad precipitadamente casi con alegría porque nos despoja de toda responsabilidad, de una carga impuesta como consecuencia de nuestras acciones. Dejamos en manos del Destino nuestra potestad para decidir qué es lo que queremos hacer en la vida. Nuestra capacidad de elección se ve mermada al encontrarse múltiples caminos. Nos sentimos perdidos y rogamos con fervor para que alguna virgen se aparezca y decida por nosotros. Y cuando por ciencia infusa se nos ilumina (o evita) ese camino dejamos de buscarle explicación porque es algo que va más allá de nosotros. Así tenía que ser. Por eso es El Destino. “Es muss sein!” bramaría el compositor alemán agitando su cabellera cana.

A continuación dejamos de sentir esa carga y nuestro ser se eleva hacia la estratosfera, por ejemplo, y nos sentimos livianos. Entramos en una zona de Levedad. Pero cuando esta Levedad es vasta, desconocida, infinita e intensa entonces es que habremos entrado en La Insoportable Levedad del Ser.

Kundera reflexiona sobre el interior del hombre y de la mujer. Lo que se conoce como “Alma” en filosofía. La historia gira en torno a Tomás, Teresa, Sabina y Franz, entrelazados por ese Destino del cual nadie parece ser capaz de eludir. La concatenación de casualidades rige por completo la vida de los protagonistas, quienes sienten la necesidad de entender por qué les ocurre lo que están viviendo y se preguntan si el camino elegido ES el elegido. De ahí que se puedan leer hermosos aforismos llamando a la puerta del pensamiento como si fuesen las tiernas caricias de un amante. Dulcemente se despierta el interés y deja a uno rumiando cada una de las frases leídas creyendo ver visos de esa ‘lógica’ del Destino... bueno, si es que existe tal Destino

http://www.achtungmag.com/libros-literatura-lainsoportablelevedaddelser-kundera-revista-achtung/



miércoles, 13 de junio de 2012

El guardián entre el centeno, 12 de junio. Achtung!


Uno siente que no encaja en un lugar. Sin motivo aparente alguno, sabe que es distinto al resto. Intenta buscar algo de conversación para intentar acallar esa soledad desconocida que le reconcome por dentro. Ni los compañeros de cuarto ni ninguna Jane o Sally llenan ese vacío de origen desconocido. Tampoco es abulia. Es una sensación inefable a la que calificar como ‘incomprendido’ no sería suficiente para describir este estado. Holden Caufield, el protagonista y narrador de El guardián entre el centeno, no lo dice en alto ni lo expresa así en ninguna página, pero así se entiende con sólo leer una página tras otra.

El joven protagonista de El guardián entre el centeno narra en primera persona con detalle y sarcasmo su escapada del instituto Pencey. A pesar de ser una de las obras recomendadas a los adolescentes estadounidenses, la breve historia de Holden, que transcurre en tres días, también es muy interesante para aquellos que no tienen granitos ni espinillas en la cara. No se persigue ningún fin. Uno se deja guiar únicamente por la voz informal y desgarbada de un chaval de diecisiete años sin ningún otro aliciente que intentar descubrir qué es lo que tiene metido en su cabeza. Conforme se avanza en la historia se tiene mayor comprensión de su vacío y, de repente, se proyecta esa sensación a la experiencia de uno mismo mientras Holden renquea por las calles de Nueva York en busca de alguna distracción mínimamente decente con la cual pueda soportar el paso de las horas. El whisky con soda y los cigarros son los únicos compañeros que asisten junto a él en primera fila al desfile de la parafernalia vulgar y a la hipocresía del mundo adulto. Su figura puede tener reminiscencias del pasado y uno podría ponerle la cara de James Dean en Rebelde sin causa, excepto por el hecho de que Holden es más vagabundo que rebelde, aunque en esta obra, vagabundo y rebelde sean más bien estados complementarios.

La comprensión de la lectura es muy sencilla. Holden tiene un discurso directo, pero sobre todo ingenioso si pasamos por alto el uso de muletillas, lo que, en realidad, le da una sólida veracidad a la narración. Sin embargo, no es posible evitar sentir cierto regusto amargo tras finalizar la lectura. Todos hemos sido o seguimos siendo como Holden y por eso, por esa simple razón, J. D. Salinger, el autor de la obra, consigue transformar la adolescencia en un buen recuerdo, incluso con cierto toque de añoranza, cuando en realidad puede que fuese la primera vez en nuestra vida en la que fuimos conscientes de la profunda soledad de nuestra existencia. Nos hemos dado de bruces con ella y cuando nos levantamos para seguir adelante, resulta que mides veinte centímetros más, tienes que afeitarte todos los días y no sabes muy bien cómo deshacerte de la prostituta que acaba de llegar a tu habitación.

viernes, 27 de abril de 2012

De lápiz HB a boli BIC (y teclado)


Hace ya más de un año que inauguré este espacio con el ánimo de…. No sé, muy bien por qué. Si empezamos por las típicas razones están: porque es una forma de expresión mía, porque me gusta escribir, porque ahora todo el mundo tiene uno, porque ahora hasta los trabajos que ofrece ‘Infojobs’ también lo exigen … En fin, que cada uno escoja el suyo. El mío creo que ha ido variando. Mi estado de ánimo también era un factor importante.

En un principio supe que la constancia era clave para mantener el blog. He comprobado que me falta más de la que pensaba. Si la vendiesen por kilos como si fuese un filete de ternera, tendría que envasarla al vacío para conservarla y comérmela en épocas de inanición mental.

No pasa nada. No pasa absolutamente nada. Sentía presión porque, al fin y al cabo, en periodismo se trabaja con las palabras fundamentalmente y yo no era capaz de formular siquiera un sintagma cuya existencia fuese digna de colgar aquí. No hace falta sentir compasión alguna. Tampoco es la crisis esa que dicen que tienen los escritores cuando se quedan atascados mirando un folio en blanco porque ya se dejaron el pellejo en la anterior novela. No, qué va. Mi caso es más bien modesto, muy modesto. Simplemente es que no me surgía la necesidad de expresarme mediante el blog. Sabía que tenía esa herramienta a mi alcance pero no la utilizaba. La costumbre de seguir escribiendo no la he perdido. Muchas veces he pensado lo afortunada que soy por haber recibido una educación. Empezando con leer y escribir, esas dos cosas que se aprenden en los primeros años de la escuela de forma mecánica, repasando trazos sinsentido (todavía para el cerebro del infante) con una pequeña flecha que te indicaba amablemente por dónde tenías que empezar a posar la punta del lápiz HB entre dos líneas paralelas para no salirte del margen. De este modo he conseguido tener una mente en continuo movimiento, tanto es así que, en los momentos de poca actividad busco adrede algo en lo que pensar, preguntarme y aprender.

Uno puede escribir lo que quiera cuando quiera, como quiera y donde sea con lo que sea. Esa presión que he mencionado ya no es tan notoria. ¿Por qué me estresaba? Creo que porque creía que perdía el tiempo y no hacía nada útil. Qué error tan triste y tan extendido. Nos han inculcado desde que cogimos ese lápiz HB a ser útiles, no a ser personas de valor, por lo que confundí términos con objetivos y propósitos. He descubierto la falacia y la he borrado con lejía. Por eso, de nuevo, no pasa nada. Mi afán de escribir no ha muerto, sino que elige la vía que desea. Ayer era el lápiz HB, hoy el boli BIC (con el que aún me siento muy cómoda) y pasado el teclado, si quiero.

Acabo de empezar a leer ‘1Q84’, de Haruki Murakami. Me lo prestó un amigo, quien insistió sucintamente pero sin olvidar de resaltar cuánto le había gustado y cuánto me iba a gustar. Es el segundo que me leo de Murakami y apuesto a que serán muchos más. En una de sus páginas, un editor le dice al protagonista Tengo, que es escritor: “Tómate tu tiempo”. Así de simple y llanamente. Tanto caos mental carcomiéndome y esta frase, que la habré oído y leído mil y una veces, cobraba sentido en boca de un personaje de ficción.

Concluyendo: mi blog sigue en pie. Cojo aire de nuevo y, esta vez, me lo tomo con calma. Menuda diferencia, en serio.